01/03/13

El tiempo entre costuras - Pág. 99

Dueñas, María. El tiempo entre costuras. Madrid: Ed. Temas de Hoy, 2009. ISBN 978-84-8460-791-5.

Contracuberta:
El tiempo entre costuras es un recorrido, entre la memoria y la nostalgia, por los legendarios enclaves coloniales del norte de África, el Madrid proalemán de la inmediata posguerra y una Lisboa cosmopolita repleta de espías, oportunistas y refugiados sin rumbo.
Una aventura en la que los talleres de alta costura, el glamour de los grandes hoteles, las conspiraciones políticas y las oscuras misiones de los servicios secretos se funden con un relato sobre la lealtad hacia aquellos a quienes amamos.


"Y así fueron pasando mis primeros tiempos en la pensión de La Luneta, entre aquella gente de la que nunca supe mucho más que sus nombres de pila y —muy por encima— las razones por las que allí se alojaban. El maestro y el funcionario, solteros y añosos, eran residentes longevos; las hermanas viajaron desde Soria a mediados de julio para enterrar a un pariente y se vieron con el Estrecho cerrado al tráfico marítimo antes de poder regresar a su tierra; algo similar ocurrió al comercial de productos de peluquería, retenido involuntariamente en el Protectorado por el alzamiento. Más oscuras eran las razones de la madre y el hijo, aunque todos suponían que andaban a la búsqueda de un marido y un padre un tanto huidizo que una buena mañana salió a comprar tabaco a la toledana plaza de Zocodover y decidió no volver más a su domicilio. Con conatos de bronca casi a diario, con la guerra real avanzando sin piedad a través del verano y aquel contubernio de seres descolocados, iracundos y asustados siguiendo al milímetro su desarrollo, así fui yo acomodándome a esa casa y su submundo, y así fue también estrechándose mi relación con la dueña de aquel negocio en el que, por la naturaleza de la clientela, poco rendimiento presuponía yo que alcanzaría ella a recoger.

Salí poco aquellos días: no tenía sitio alguno adonde ir ni nadie a quien ver. Solía quedarme sola, o con Jamila, o con Candelaria cuando por allí paraba, que no era mucho. A veces, cuando no andaba con sus prisas y tejemanejes, insistía en sacarme con ella para que buscáramos juntas alguna ocupación para mí, que se te va a quedar la cara de pergamino, muchacha, que no te da ni miajita la luz del sol, decía. A veces me sentía incapaz de aceptar la propuesta, aún me faltaban las fuerzas, pero en otras ocasiones accedía, y entonces me llevaba por aquí y por allá, recorriendo el laberinto endemoniado de callejas de la morería y las vías cuadriculadas y modernas del ensanche español con sus casas hermosas y su gente bien arreglada".


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