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26/05/15

Falece John Nash, unha mente marabillosa

Artigo publicado en El País:

Una muerte nada predecible para el gran matemático John Nash, experto en teoría de juegos y en ecuaciones diferenciales parciales. El hombre que se aferró a su inteligencia
para pelear con la terrible enfermedad que padecía, la esquizofrenia, falleció el sábado por la noche a los 86 años en un accidente de tráfico en Nueva Jersey (Estados Unidos). Viajaba en un taxi junto a su mujer, Alicia López Harrison de Lardé, de 82 años, que también murió en el siniestro.

El coche en que se desplazaban Nash y su mujer se estrelló cuando intentaba adelantar a un vehículo, según ha informado la policía a medios locales. De acuerdo con esa versión, la pareja no llevaba el cinturón de seguridad, por lo que salió despedida del vehículo tras el impacto.

John Forbes Nash, premiado con el Nobel de Economía en 1994, acababa de recibir, el pasado marzo, el Premio Abel de la Academia Noruega de Ciencias y Letras, con tanto prestigio como si fuera un Nobel de matemáticas. Sus aportaciones sobre ecuaciones no lineales en derivadas parciales han tenido enorme repercusión en diversos ámbitos científicos, desde la química y la física cuántica, a la biología de sistemas o las finanzas. "Nash ha sido trabajador solitario y en temas muy variados, aunque siempre con gran impacto", recordaba en un artículo en EL PAÍS el matemático David Ríos.

Poco antes de cumplir los 30 años, en uno de sus momentos más creativos, le fue diagnosticada la esquizofrenia contra la que luchó hasta el día de su muerte, incluso promoviendo actividades benéficas, junto a su mujer, para dar a conocer la realidad de esta enfermedad.

La periodista y profesora de la Universidad de Columbia Sylvia Nasar, experta en divulgación científica, publicó el libro sobre su vida John Nash (Una mente prodigiosa), que se llevó al cine en 2001, en una cinta de gran éxito protagonizada por Russell Crowe.

19/05/15

María do Carme Kruckenberg



A pasada fin de semana faleceu en Vigo a poeta María do Carme Kruckenberg. Segundo a Wikipedia, María do Carme estudou pola súa conta, tras pecharse o Colegio Alemán de Vigo, idiomas, historia, ciencias, literatura etc., converténdose nunha autodidacta. Viviu en Arxentina de 1949 a 1953, onde coñeceu a moitos escritores galegos emigrados e arxentinos. De novo en Madrid, participou nas reunións do Café Gijón, coñecendo a Lorca, Alberti, Borges... Posteriormente, tras volver a Galicia, traballou como delegada científica nos Laboratorios Servier.
Autora de poemas, contos e tradutora, colaborou con diversas revistas e diarios, sobre todo en Faro de Vigo. Foi, entre outros premios, recoñecida co Premio Alecrín 1997, a Medalla de Galicia (bronce) en 1998, a Medalla Castelao en 2002 e o Premio Laxeiro en 2011. En 2006 foi nomeada socia de honra da Asociación de Escritores en Lingua Galega, entidade da que foi vicepresidenta. En 1999 dedicóuselle unha praza en Vigo.

"Monumento Kruckenberg Vigo" por Albert galiza - Obra propia. Baixo a licenza CC BY-SA 3.0 a través de Wikimedia Commons

Con esas poucas palabras da Wikipedia estamos a falar dunha muller que foi exemplo para moitas e para moitos, unha muller valiente e libre, cercana e sinxela, pouco amiga dos convencionalismos.

"Os poemas nacen e se constrúen dentro de min e podo estar compoñendo durante moito tempo antes de escribir un só verso; mais cando sento a escribir fágoo cunha sorte de febre que me posúe", explicaba ela nunha entrevista.

Deixámosvos un vídeo de Televigo no que ela recita a Martín Códax, Mendiño e Xohán de Cangas e as súas propias "respostas" a estes poemas con poemas seus:


17/04/15

Eduardo Galeano: textos selecionados




O autor urugaio Eduardo Galeano, ademais de artículos de temas económicos e políticos, publicou unha grande cantidade de libros con microhistorias: pequenos relatos ou reflexións, ás veces dunhas liñas, sobre o ser humano e sobre os "nadies", os máis desfavorecidos. O seu compromiso con eles e con cambiar o mundo fai del un escritor único, unha voz que imos botar moito en falta nestes tempos tan difíciles.

Reproducimos a continuación algúns dos seus textos:

El padre

Vera faltó a la escuela. Se quedó todo el día encerrada en casa. Al anochecer, escribió una carta a su padre. El padre de Vera estaba muy enfermo, en el hospital. Ella escribió: -Te digo que te quieras, que te cuides, que te protejas, que te mimes, que te sientas, que te ames, que te disfrutes. Te digo que te quiero, te cuido, te protejo, te mimo, te siento, te amo, te disfruto.

Héctor Carnevale duró unos días más. Después, con la carta de su hija bajo la almohada, se fue en el sueño.



Ventanas

Ventana sobre la utopía

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.

Ventana sobre el cuerpo

La Iglesia dice: El cuerpo es una culpa.
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy la fiesta.

Ventana sobre el mundo

El hambre desayuna miedo.
El miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza:
Si usted ama, tendrá sida.
Si fuma, tendrá cáncer.
Si respira, tendrá contaminación.
Si bebe, tendrá accidentes.
Si come, tendrá colesterol.
Si habla, tendrá desempleo.
Si camina, tendrá violencia.
Si piensa, tendrá angustia.
Si duda, tendrá locura.
Si siente, tendrá soledad.

Eduardo Galeano ( Uruguay, 1940 )
Tomado de "Palabras Andantes"



Delirar en voz alta


Mensaje de Eduardo Galeano para América Latina
Cartagena de Indias, Julio de 1997

Si el mundo está patas arriba y cabeza abajo ¿por qué no delirar que el mundo vuelva a estar como él quiso cuando todavía no era?
Así que se me ocurrió imaginar ese mundo posible.

Delirar, soñar en voz alta:

En las calles los automóviles serán pisados por los perros, el aire estará limpio de los venenos de las máquinas y no tendrá más contaminación que la que emana de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado,
ni será mirada por el televisor.

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas.

La gente trabajará para vivir en lugar de vivir para trabajar.

En ningún país irán presos los muchachos por no prestar el servicio militar; sólo irán quienes quieran hacerlo.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de compra.

Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las cocinen vivas.

Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos y los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

El mundo ya no estará en guerra contra los pobres sino contra la pobreza. La industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.

Nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión. Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura porque no habrá niños de la calle. Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero porque no habrá niños ricos.

La educación no será privilegio de quienes pueden pagarla, ni la policía será la maldición de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

Una mujer negra será presidenta del Brasil y otra mujer negra será presidenta de los Estados Unidos; una mujer india gobernará
a Guatemala y otra a Perú.

En Argentina las "Locas de la Plaza de Mayo" serán un ejemplo de salud mental porque ellas se negaron a olvidar, en el tiempo
de la amnesia obligatoria.

La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas en las piedras de Moisés: El sexto mandamiento ordenará: "festejarás tu cuerpo".
El noveno que desconfía del deseo, lo declarará sagrado. La Iglesia también dictará el undécimo mandamiento que se le había olvidado al Señor: "amarás a la naturaleza de la que formas parte."

Todos los penitentes serán celebrantes y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni un día que no sea vivido como si fuera el primero.

15/04/15

Günter Grass, in memoriam


O luns faleceu, ós 87 anos, o escritor alemán Günter Grass. Algunhas das súas obras estiveron prohibidas pola censura en España, pero o grande recoñecemento chegoulle en 1999, cando recibiu o Nobel e o Príncipe de Asturias.

A súa novela máis afamada, El Tambor de hojalata, e unha das obras maestras da literatura, conta a historia dun neno durante a Segunda Guerra Mundial e as vivencias que o levarán a ser internado nun siquiátrico ós 29 anos.

Le neste enlace unha entrevista con Günter Grass deste mesmo ano.

14/04/15

Eduardo Galeano, in memoriam

 Onte calaron dúas grandes voces da literatura universal: Günter Grass, Nobel de literatura e Premio Príncipe de Asturias en 1999, e Eduardo Galeano, un dos máis destacados escritores da literatura latinoamericana e galardonado co premio Stig dagerman (Suecia) por estar "sempre e de xeito inquebrantable do lado dos condenados".

Se ben nos próximos días publicaremos algo máis deles, hoxe queremos empezar por invitarvos a ler algúns dos libros máis emblemáticos de Eduardo Galeano.



- El libro de los abrazos. Madrid: Ed. Siglo XXI, 2007. Na nosa biblioteca
Unha recopilación de textos e relatos, con moita imaxinación e fantasía. Unha mirada crítica sobre o ser humano, a memoria e a desmemoria, o compromiso e a liberdade. Un libro que fala da vida entre sorrisos e lágrimas, fundindo o amor e a poesía.




- El fútbol a sol y sombra. Madrid: Ed. Siglo XXI, 2003.
Galeano era un admirador incondicional do fútbol, ó que homenaxea neste libro. Nel denuncia tamén o poder dun dos negocios máis lucrativos do mundo e lamenta que o fútbol profesional desterre a alegría, a fantasía e a ousadía, pero sobre todo celebra a festa do fútbol e os seus momentos máis icónicos a través de textos breves.




- Espejos. Una historia casi universal. Madrid: Ed. Siglo XXI, 2008.
Galeano conta a historia da humanidade partindo dos feitos e das persoas menos coñecidas, os que non aparecen nos libros. Os títulos dos textos breves que forman o libro dánnos unha idea dos contidos: «Fundación del machismo», a «Resurrección de Jesús», «Las edades de Juana la Loca», «La educación en tiempos de Franco» ou «Los derechos civiles en el fútbol».




- Mujeres. Madrid: Ed. Siglo XXI, 2015.
Este libro publicarase en España o próximo xoves. Nel, Galeano rinde tributo a todas as mulleres: as fermosas (como Marilyn Monroe), as loitadoras (como Rigoberta Menchú), as científicas (como Marie Curie) e, por suposto, a todas as mulleres anónimas que coas súas fazañas fixeron avanzar á humanidade.



12/01/15

Je suis Charlie!


Portada de Charlie Hebdo: "Mahoma desbordado polos fundamentalistas". "É duro ser amado por idiotas".

Le aquí que é Charlie Hebdo e o porqué dos ataques ós seus debuxantes.

22/04/14

Gabriel García Márquez - In memoriam


Durante a Semana Santa faleceu o escritor colombiano Gabriel García Márquez, Nobel de literatura en 1982. García Márquez escribiu un bo feixe de obras que se transformaron en grandes fitos da literatura do século XX, especialmente Cien años de soledad, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba e Relato de un náufrago. De todas estas, Cien años de soledad (1967) foi a súa novela máis influínte, a que acabou estando entre as obras maestras da literatura universal de tódolos tempos e cautivando a lectores de todo o mundo.

Cien años de soledad está chea de realismo máxico, ese estilo tan ben usado por García Márquez que consiste en amosar o estraño, fantástico ou máxico como algo común e cotidiano. A novela narra a historia de Macondo (pobo ficticio que aparecerá noutras obras do escritor) e de sete xeracións da familia Buendía. O seu principio é un dos máis coñecidos da literatura e posto sempre como exemplo de como deben empezarse as novelas para atrapar ó lector:

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo".

Como homenaxe a García Márquez, deixámosvos varios fragmentos de Cien años de soledad cunha recomendación: lede o libro. Pero se non vos entra á primeira, non o rematedes: deixade que pasen uns anos e volvede intentalo, porque paga a pena.

“Según él mismo (Melquíades) le contó a José Arcadio Buendía mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final”.

“La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y Remedios para siempre. Rebeca esperaba el amor a las cuatro de la tarde bordando junto a la ventana. Sabía que la mula del correo no llegaba sino cada quince días, pero ella la esperaba siempre, convencida de que iba a llegar un día cualquiera por equivocación”. 

“Llegó a la conclusión que aquel hijo (el coronel Aureliano Buendía) por quien ella (Úrsula Iguarán) habría dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche, cuando lo tenía en el vientre, lo oyó llorar. Fue un lamento tan definido, que José Arcadio Buendía despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a ser ventrílocuo. Otras personas pronosticaron que sería adivino. Ella, en cambio, se estremeció con la certidumbre de que aquel bramido profundo era un primer indicio de la temible cola de cerdo. Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es anuncio de ventriloquia ni facultad adivinatoria, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor”.

“Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
— ¿Te sientes mal? —le preguntó.
Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario —dijo—, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo la serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó  las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y que pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.

"Pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso en todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".  

"Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no solo por incapacidad e inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó los quicios de las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Solo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismos en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". 

24/03/14

Adolfo Suárez, D.E.P


Onte morreu en Madrid Adolfo Suárez. Hoxe, a súa morte é portada en toda a prensa e abre todos os noticiarios en toda España, non sen razón. Suárez é o pai da nosa actual democracia, o home que, tras a morte de Franco, negociou, consensuou, convenceu e logrou que tódalas opcións políticas tivesen cabida neste país. En só dous anos e medio fixo que pasasemos dunha dictadura a un estado de dereito con eleccións democráticas e sen partidos políticos prohibidos. Cinco anos máis tarde, con España atravesando problemas económicos e políticos, Suárez tivo a honestidade de dimitir para non danar máis ó país. Foi entón cando un grupo de militares deu un golpe de estado que, afortunadamente, non tivo éxito.
Cando os militares golpistas entraron no Congreso, tódolos diputados obedeceron as súas ordes e se tiraron ó chan... excepto Suárez, Santiago Carrillo e Gutiérrez Mellado, que non se doblegaron. Din que Suárez estaba convencido e concenciado de que iba ter unha morte violenta e por iso non se agochou. Pode ser que así fose. O certo é que ese xesto, ese instante, di moito das persoas que o protagonizaron, de aí que Javier Cercas dedicase un libro enteiro a analizalo: Anatomía de un instante. Este libro analiza o 23-F, todo o que nos conduciu ó golpe, os seus protagonistas, o antes e o despois, a medio cabalo entre a novela e o ensaio, pero con grande rigor informativo.
Aquí tedes un fragmento:

Dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981. En el hemiciclo del Congreso de los Diputados se celebra la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, que está a punto de ser elegido presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, dimitido hace veinticinco días y todavía presidente en funciones tras casi cinco años de mandato durante los cuales el país ha terminado con una dictadura y ha construido una democracia. Sentados en sus escaños mientras aguardan el turno de votar, los diputados conversan, dormitan o fantasean en el sopor de la tarde; la única voz que resuena con claridad en el salón es la de Víctor Carrascal, secretario del Congreso, quien lee desde la tribuna de oradores la lista de los parlamentarios para que, conforme escuchan sus nombres, éstos se levanten de sus escaños y apoyen o rechacen con un sí o un no la candidatura de Calvo Sotelo, o se abstengan. Es ya la segunda votación y carece de suspense: en la primera, celebrada hace tres días, Calvo Sotelo no consiguió el apoyo de la mayoría absoluta de los diputados, pero en esta segunda le basta el apoyo de una mayoría simple, así que –dado que tiene asegurada esa mayoría– a menos que surja un imprevisto el candidato será en unos minutos elegido presidente del gobierno.
Pero el imprevisto surge. Víctor Carrascal lee el nombre de José Nasarre de Letosa Conde, que vota sí; luego lee el nombre de Carlos Navarrete Merino, que vota no; luego lee el nombre de Manuel Núñez Encabo, y en ese momento se oye un rumor anómalo, tal vez un grito procedente de la puerta derecha del hemiciclo, y Núñez Encabo no vota o su voto resulta inaudible o se pierde entre el revuelo perplejo de los diputados, algunos de los cuales se miran entre sí, dudando si dar crédito o no a sus oídos, mientras otros se incorporan en sus escaños para tratar de averiguar qué ocurre, quizá menos inquietos que curiosos. Nítida y desconcertada, la voz del secretario del Congreso inquiere «¿Qué pasa?», balbucea algo, vuelve a preguntar «¿Qué pasa?», y al mismo tiempo entra por la puerta derecha un ujier de uniforme, cruza con pasos urgentes el semicírculo central del hemiciclo, donde se sientan los taquígrafos, y empieza a subir las escaleras de acceso a los escaños; a mitad de la subida se detiene, cambia unas palabras con un diputado y se da la vuelta; luego sube tres peldaños más y se da otra vez la vuelta. Es entonces cuando se oye un segundo grito, borroso, procedente de la entrada izquierda del hemiciclo, y luego, también ininteligible, un tercero, y muchos diputados –y todos los taquígrafos, y también el ujier– se vuelven a mirar hacia la entrada izquierda. El plano cambia; una segunda cámara enfoca el ala izquierda del hemiciclo: pistola en mano, el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero sube con parsimonia las escaleras de la presidencia del Congreso, pasa detrás del secretario y se queda de pie junto al presidente Landelino Lavilla, que lo mira con incredulidad. El teniente coronel grita «¡Quieto todo el mundo!», y a continuación transcurren unos segundos hechizados durante los cuales nada ocurre y nadie se mueve y nada parece que vaya a ocurrir ni ocurrirle a nadie, salvo el silencio. El plano cambia, pero no el silencio: el teniente coronel se ha esfumado porque la primera cámara enfoca el ala derecha del hemiciclo, donde todos los parlamentarios que se habían levantado han vuelto a tomar asiento, y el único que permanece de pie es el general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno en funciones; junto a él, Adolfo Suárez sigue sentado en su escaño de presidente del gobierno, el torso inclinado hacia delante, una mano aferrada al apoyabrazos de su escaño, como si él también estuviera a punto de levantarse. Cuatro gritos próximos, distintos e inapelables deshacen entonces el hechizo: alguien grita «¡Silencio!»; alguien grita: «¡Quieto todo el mundo!»; alguien grita: «¡Al suelo!»; alguien grita: «¡Al suelo todo el mundo!». El hemiciclo se apresta a obedecer: el ujier y los taquígrafos se arrodillan junto a su mesa; algunos diputados parecen encogerse en sus escaños. El general Gutiérrez Mellado, sin embargo, sale en busca del teniente coronel rebelde, mientras el presidente Suárez intenta retenerle sin conseguirlo, sujetándolo por la americana. Ahora el teniente coronel Tejero vuelve a aparecer en el plano, bajando la escalera de la tribuna de oradores, pero a mitad de camino se detiene, confundido o intimidado por la presencia del general Gutiérrez Mellado, que camina hacia él exigiéndole con gestos terminantes que salga de inmediato del hemiciclo, mientras tres guardias civiles irrumpen por la entrada derecha y se abalanzan sobre el viejo y escuálido general, lo empujan, le agarran de la americana, lo zarandean, a punto están de tirarlo al suelo. El presidente Suárez se levanta de su escaño y sale en busca de su vicepresidente; el teniente coronel está en mitad de la escalera de la tribuna de oradores, sin decidirse a bajarla del todo, contemplando la escena. Entonces suena el primer disparo; luego suena el segundo disparo y el presidente Suárez agarra del brazo al general Gutiérrez Mellado, impávido frente a un guardia civil que le ordena con gestos y gritos que se tire al suelo; luego suena el tercer disparo y, sin dejar de desafiar al guardia civil con la mirada, el general Gutiérrez Mellado aparta con violencia el brazo de su presidente; luego se desata el tiroteo.
Mientras las balas arrancan del techo pedazos visibles de cal y uno tras otro los taquígrafos y el ujier se esconden bajo la mesa y los escaños engullen a los diputados hasta que ni uno solo de ellos queda a la vista, el viejo general permanece de pie entre el fuego de los subfusiles, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y mirando a los guardias civiles insubordinados, que no dejan de disparar. En cuanto al presidente Suárez, regresa con lentitud a su escaño, se sienta, se recuesta contra el respaldo y se queda ahí, ligeramente escorado a la derecha, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos.
Ésa es la imagen; ése es el gesto: un gesto diáfano que contiene muchos gestos.
A finales de 1989, cuando la carrera política de Adolfo Suárez tocaba a su fin, Hans Magnus Enzensberger celebró en un ensayo el nacimiento de una nueva clase de héroes: los héroes de la retirada. Según Enzensberger, frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo xx han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral. Tres ejemplos de esta figura novísima aducía Enzensberger: uno era Mijaíl Gorbachov, que por aquellas fechas trataba de desmontar la Unión Soviética; otro, Wojciech Jaruzelski, que en 1981 había impedido la invasión soviética de Polonia; otro, Adolfo Suárez, que había desmontado el franquismo. ¿Adolfo Suárez un héroe? ¿Y un héroe moral, y no sólo político? Tanto para la derecha como para la izquierda era un sapo difícil de tragar: la izquierda no olvidaba –no tenía por qué olvidar– que, aunque a partir de determinado momento quiso ser un político progresista, y hasta cierto punto lo consiguió, Suárez fue durante muchos años un colaborador leal del franquismo y un prototipo perfecto del arribista que la corrupción insti- tucionalizada del franquismo propició; la derecha no olvidaba –no debería olvidar– que Suárez nunca aceptó su adscripción a la derecha, que muchas políticas que aplicó o propugnó no eran de derechas y que ningún político español de la segunda mitad del siglo xx ha exasperado tanto a la derecha como él. ¿Era entonces Suárez un héroe del centro, esa quimera política que él mismo acuñó con el fin de cosechar votos a derecha e izquierda? Imposible, porque la quimera se desvaneció en cuanto Suárez abandonó la política, o incluso antes, igual que la magia se desvanece en cuanto el mago abandona el escenario. Ahora, veinte años después del dictamen de Enzensberger, cuando la enfermedad ha anulado a Suárez y su figura es elogiada por todos, quizá porque ya no puede molestar a nadie, hay entre la clase dirigente española un acuerdo en concederle un papel destacado en la fundación de la democracia; pero una cosa es haber participado en la fundación de la democracia y otra ser el héroe de la democracia. ¿Lo fue? ¿Tiene razón Enzensberger? Y, si olvidásemos por un momento que nadie es un héroe para sus contemporáneos y aceptásemos como hipótesis que Enzensberger tiene razón, ¿no adquiriría el gesto de Suárez en la tarde del 23 de febrero el valor de un gesto fundacional de la democracia? ¿No se convertiría entonces el gesto de Suárez en el emblema de Suárez como héroe de la retirada?
Lo primero que hay que decir de ese gesto es que no es un gesto gratuito; el gesto de Suárez es un gesto que significa, aunque no sepamos exactamente lo que significa, igual que significa y no es gratuito el gesto de todos los demás parlamentarios –todos salvo Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo–, que en vez de permanecer sentados durante el tiroteo obedecieron las órdenes de los golpistas y buscaron refugio bajo sus escaños: el de los demás parlamentarios es, para qué engañarse, un gesto poco airoso, sobre el que con razón ninguno de los interesados ha querido volver mucho, aunque uno de ellos –alguien tan frío y ponderado como Leopoldo Calvo Sotelo– no dudara en atribuir el descrédito del Parlamento a aquel desierto de escaños vacíos. El gesto más obvio que contiene el gesto de Suárez es un gesto de coraje; un coraje notable: quienes vivieron aquel instante en el Congreso recuerdan con unanimidad el estruendo apocalíptico de las ráfagas de subfusil en el espacio clausurado del hemiciclo, el pánico a una muerte inmediata, la certidumbre de que aquel Armagedón –como lo describe Alfonso Guerra, número dos socialista, que se hallaba sentado frente a Suárez– no podía saldarse sin una escabechina, que es la misma certidumbre que abrumó a los técnicos y directivos de televisión que vieron la escena en directo desde los estudios de Prado del Rey. Aquel día llenaban el hemiciclo alrededor de trescientos cincuenta parlamentarios, algunos de los cuales –Simón Sánchez Montero, por ejemplo, o Gregorio López Raimundo– habían demostrado su valor en la clandestinidad y en las cárceles del franquismo; no sé si hay mucho que reprocharles: se mire por donde se mire, permanecer sentado en medio de la refriega constituía una temeridad lindante con el deseo de martirio. En tiempo de guerra, en el calor irreflexivo del combate, no es una temeridad insólita; sí lo es en tiempo de paz y en el tedio solemne y consuetudinario de una sesión parlamentaria. Añadiré que, a juzgar por las imágenes, la de Suárez no es una temeridad dictada por el instinto sino por la razón: al sonar el primer disparo Suárez está de pie; al sonar el segundo intenta devolver a su escaño al general Gutiérrez Mellado; al sonar el tercero y desatarse el tiroteo se sienta, se arrellana en su escaño y se recuesta en el respaldo aguardando que termine el tiroteo, o que una bala lo mate. Es un gesto moroso, reflexivo; parece un gesto ensayado, y quizá en cierto modo lo fue: quienes frecuentaron a Suárez en aquella época aseguran que llevaba mucho tiempo tratando de prepararse para un final violento, como si una oscura premonición lo acosase (desde hacía varios meses cargaba con una pequeña pistola en el bolsillo; durante el otoño y el invierno anteriores más de un visitante de la Moncloa le oyó decir: De aquí sólo van a sacarme ganándome en unas elecciones o con los pies por delante); puede ser, pero en cualquier caso no es fácil prepararse para una muerte así, y sobre todo no es fácil no flaquear cuando llega el momento. Dado que es un gesto de coraje, el gesto de Suárez es un gesto de gracia, porque todo gesto de coraje es, según observó Ernest Hemingway, un gesto de gracia bajo presión. En este sentido es un gesto afirmativo; en otro es un gesto negativo, porque todo gesto de coraje es, según observó Albert Camus, el gesto de rebeldía de un hombre que dice no. En ambos casos se trata de un gesto soberano de libertad; no es contradictorio con ello que se trate también de un gesto de histrionismo: el gesto de un hombre que interpreta un papel. Si no me engaño, apenas se han publicado un par de novelas centradas de lleno en el golpe del 23 de febrero; como novelas no son gran cosa, pero una de ellas tiene el interés añadido de que su autor es Josep Melià, un periodista que fue un crítico acerbo de Suárez antes de convertirse en uno de sus colaboradores más cercanos. Operando al modo de un novelista, en determinado momento de su relato Melià se pregunta qué fue en lo primero que pensó Suárez al oír el primer disparo en el hemiciclo; se responde: en la portada del día siguiente de The New York Times. La respuesta, que puede parecer inocua o malintencionada, quiere ser cordial; a mí me parece sobre todo certera. Como cualquier político puro, Suárez era un actor consumado: joven, atlético, extremadamente apuesto y siempre vestido con un esmero de galán de provincias que embelesaba a las madres de familia de derechas y provocaba las burlas de las periodistas de izquierdas –chaquetas cruzadas con botones dorados, pantalones gris marengo, camisas celestes y corbatas azul marino–, Suárez explotaba a conciencia su porte kenediano, concebía la política como espectáculo y durante sus largos años de trabajo en Televisión Española había aprendido que ya no era la realidad quien creaba las imágenes, sino las imágenes quienes creaban la realidad. Pocos días antes del 23 de febrero, en el momento más dramático de su vida política, cuando comunicó en un discurso a un grupo reducido de compañeros de partido su dimisión como presidente del gobierno, Suárez no pudo evitar intercalar un comentario de protagonista incorregible: «¿Os dais cuenta? –les dijo–. Mi dimisión será noticia de primera página en todos los periódicos del mundo». La tarde del 23 de febrero no fue la tarde más dramática de su vida política, sino la tarde más dramática de su vida a secas y, pese a ello (o precisamente por ello), es posible que mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo una intuición adiestrada en años de estrellato político le dictase la evidencia instantánea de que, fuera cual fuese el papel que le reservara al final aquella función bárbara, jamás volvería a actuar ante un público tan entregado y tan numeroso. Si así fue, no se equivocó: al día siguiente su imagen acaparaba la portada de The New York Times y la de todos los periódicos y las televisiones del mundo. El gesto de Suárez es, de este modo, el gesto de un hombre que posa. Eso es lo que imagina Melià. Pero bien pensado su imaginación tal vez peca de escasa; bien pensado, en la tarde del 23 de febrero Suárez tal vez no estaba posando sólo para los periódicos y las televisiones: igual que iba a hacerlo a partir de aquel momento en su vida política –igual que si en aquel momento hubiera sabido de verdad quién era–, tal vez Suárez estaba posando para la historia. Ése es quizá otro gesto que contiene su gesto: por así decir, un gesto póstumo.
Porque es un hecho que al menos para sus principales cabecillas el golpe del 23 de febrero no fue exactamente un golpe contra la democracia: fue un golpe contra Adolfo Suárez; o si se prefiere: fue un golpe contra la democracia que para ellos encarnaba Adolfo Suárez. Esto sólo lo comprendió Suárez horas o días más tarde, pero en aquellos primeros segundos no podía ignorar que durante casi un lustro de democracia ningún político había atraído como él el odio de los golpistas y que, si iba a correr sangre aquella tarde en el Congreso, la primera en correr sería la suya. Quizá esa sea una explicación de su gesto: en cuanto oyó el primer disparo, Suárez supo que no podía protegerse de la muerte, supo que ya estaba muerto. Reconozco que es una explicación embarazosa, que combina con mal gusto el énfasis con el melodrama; pero eso no la convierte en falsa, sobre todo porque en el fondo el gesto de Suárez no deja de ser un gesto de énfasis melodramático característico de un hombre cuyo temperamento propendía por igual a la comedia, a la tragedia y al melodrama. Suárez, eso sí, hubiera rechazado la explicación.
De hecho, siempre que alguien le preguntaba el porqué de su gesto se acogía a la misma respuesta: Porque yo todavía era el presidente del gobierno y el presidente del gobierno no se podía tirar. La respuesta, creo que sincera, es previsible, y delata un rasgo importantísimo de Suárez: su devoción sacramental por el poder, la desorbitada dignidad que confería al cargo que ostentaba; es también una respuesta sin jactancia: presupone que, de no haber sido todavía presidente, él hubiera obrado con el mismo instinto de prudencia que sus demás compañeros, protegiéndose de los disparos bajo su escaño; pero es, además o sobre todo, una respuesta insuficiente: olvida que todos los demás parlamentarios representaban casi con el mismo derecho que él la soberanía popular –por no hablar de Leopoldo Calvo Sotelo, que iba a ser investido presidente aquella misma tarde, o de Felipe González, que lo sería al cabo de año y medio, o de Manuel Fraga, que aspiraba a serlo, o de Landelino Lavilla, que era el presidente del Congreso, o de Rodríguez Sahagún, que era el ministro de Defensa y el responsable del ejército–. Sea como sea, hay una cosa indudable: el gesto de Suárez no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto, que desde hace meses siente que la clase política en pleno conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardias civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal.


CERCAS, Javier. Anatomía de un instante. Barcelona: Mondadori, 2009. ISBN 978-843-972-213-7.
Premio Nacional de Narrativa. Premio Terenci Moix. Premio Mondelio.





Queres saber se hai máis libros sobre Adolfo Suárez? Le este artigo.

27/02/14

Un adeus a Paco de Lucía

Hoxe sacudiunos a mala nova de que morrera Paco de Lucía, un dos grandes xenios da música española e un dos mellores guitarristas flamencos de tódolos tempos.

Paco, que tocaba "de orella", revolucionou a música flamenca pero tamén foi artífice de grandes obras de fusión co jazz e incluso interpretacións memorables de música clásica.

Descanse en paz, maestro!

Deixámosvos tres pezas claves na súa historia: Entre dos aguas, un dos seus concertos cos guitarristas de jazz John McLaughlin e Al Di Meola, e o seu impresionante Concerto de Aranjuez do compositor Joaquín Rodrigo:





09/12/13

Un adeus a Nelson Mandela

"En el curso de mi vida me he dedicado a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, hasta lograrlo. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir". Nelson Mandela


O pasado 5 de decembro morreu un deses hombres que están escritos con maiúsculas na historia da humanidade. Nelson Mandela foi o gran loitador da igualdade, incansable e sempre leal ás súas ideas. Tras pasar 27 anos no cárcere por pedir a igualdade para negros e brancos en Sudáfrica, recibiu o Nobel da Paz e foi elixido presidente do seu país, o primeiro presidente negro nun país no que os negros, cando el empezou a súa loita, non existían: nin siquera se "contabilizaban".
Hoxe Mandela é chorado, admirado e recordado en tódolos recunchos do mundo.

Para unirnos a ese homenaxe, traémosvos un artigo de Sami Naïr publicado en El País e recomendamos o visionado de varias películas (de entre as moitas posibles) para comprender un pouco mellor a vida de Mandela:

Invictus (2009), dirixida por Clint Eastwood e protagonizada por Morgan Freeman, narra os primeiros anos en Sudáfrica tra-la abolición do apartheid (sistema que segregaba negros e brancos),
centrándose na Copa Mundial de Rugby de 1995.

Mandela, del mito al hombre (2013), documental dirixido por Justin Chadwick e estrenado o mesmo día da morte de Nelson Mandela, está baseada na súa autobiografía (O longo camiño á liberdade).

Grita libertad (1987), dirixida por Richard Attenbourough e protagonizada por Denzel Washington e Kevin Kline, non se centra na figura de Mandela senón na loita contra o sistema segregador sudafricano (apartheid). Baseada en feitos reais, é unha desas películas que todos deberíamos ver nalgún momento da nosa vida.



SAMI NAÏR: NUESTRA PARTE NEGRA
Hay muertos que no son como otros muertos, porque hay seres humanos que no son como otros. Todavía somos, en nuestra inmensa mayoría, supervivientes del siglo XX —un siglo en el que probablemente se hayan cometido los peores crímenes desde finales de la Edad Media: enfrentamientos salvajes entre imperios, guerras mundiales que han destruido generaciones enteras, exterminios en masa de pueblos dominados, holocausto contra los judíos, colonizaciones, experimentos atómicos en pueblos inocentes de Japón, “equilibrio del terror”— hemos visto de todo. Y es probable que no hayamos aprendido nada y que todavía estén por llegar numerosos crímenes de masas. Y sin embargo hay personas, centinelas de la humanidad, que atraviesan estos horrores y salen de ellos siendo más humanos aún, más optimistas en cuanto al futuro de la comunidad de los vivos. Estas personas son poco comunes y Nelson Mandela, junto con el gran Gandhi, es de esas personas.

Evidentemente no es posible medir lo que supone la pérdida de Mandela para el humanismo. Este hombre viene de un país en el que ser negro significaba ir al infierno desde el grito primario del nacimiento; creció en medio de un mundo fundado sobre la separación violenta de colores, donde el blanco dominaba en virtud de su tez y en el que el negro era condenado a la maldición en razón de su color; luchó en un partido político que quería que fuera para todos, negros y blancos, y que no reclamaba otra cosa que la igualdad de los humanos, independientemente de su género, su estatus social, su color. Y es por esto que era considerado el más peligroso de todos a ojos de los partidarios del apartheid. Peligroso porque quería un África del Sur fundada sobre la ley democrática de la mayoría y sobre el respeto a las minorías.

Acusado de haber fomentado atentados contra objetivos militares, será condenado en 1962 a cadena perpetua, encarcelado en condiciones espantosas en Robben Island durante 19 años, trasladado en 1981 a otro lugar en el que permanecerá 8 años más, convirtiéndose, tras 27 años de encarcelamiento, en uno de los presos más viejos del mundo, todo ello en nombre del odio que los blancos profesaban a las poblaciones negras de las que se valían en la explotación de minas de uranio y diamantes, y en las aterradoras fábricas que recordaban a las galeras. Negros hacinados en los shop towns, acotados en bantustanes de siniestra memoria, siempre separados de sus semejantes blancos, siempre despreciados, dominados, aplastados.

Pero Nelson Mandela, desde el fondo de su prisión, aguantaba. Se hubiera querido que incriminase a los blancos como género, que retomara por su cuenta la guerra de razas que le imponía el apartheid, que se convirtiera de este modo en vector de un racismo antiblanco; siempre se negó, respondiendo que no luchaba contra los blancos, sino por la libertad de blancos y negros, es decir, contra el sistema del apartheid, que hacía posible la dominación del blanco sobre el negro. Se hubiera querido que preconizase, a través del tercermundismo de los años 1960 y 1970 del siglo XX, la revolución violenta en África del Sur, pero se negó, argumentando que todos los partidarios de la abolición del apartheid, independientemente de sus elecciones ideológicas, debían poder reencontrarse en su partido, el African National Congress, para luchar juntos en torno a un único objetivo: la emancipación de los negros oprimidos, la salvación de los blancos alienados por el sistema del apartheid, puesto que, según él, los blancos también eran víctimas de su propia mirada racista y debían ser salvados.

Pero la grandeza, la inmensa grandeza de Mandela va más allá aún: una vez vencido el apartheid —gracias también a la inteligencia de Frederik De Klerk, jefe del Estado sudafricano, que había comprendido que aquel sistema, a la vez que engendraba la hostilidad de toda la humanidad, estaba muerto y que hizo adoptar en 1991 en el Parlamento sudafricano una legislación que abolía las leyes raciales— Mandela rechaza la venganza y se transforma en educador de su pueblo. Él, que había sufrido el martirio, dijo a los negros: “Si queréis un día olvidar el apartheid, debéis aprender a perdonar”; y a los blancos: “Si queréis un día ser perdonados, debéis olvidar vuestro apartheid”. Esta filosofía se encuentra en estado puro, como un diamante precioso, en todos los discursos, los actos, los sentimientos de la gesta mandeliana. Representa la más poderosa conjunción entre el deber de la memoria y la fuerza del perdón. ¿De qué lejana sabiduría surge? ¿De qué tradición religiosa emana su fuerza?

Le o resto do artigo aquí.

29/10/13

Adeus, Lou Reed!

Hai dous días morreu Lou Reed, o mítico cantante de The Velvet Underground e compositor de grandes cancións da historia do rock. A súa música e o seu estilo teñen influenciado a varias xeracións de músicos, ata o punto de ser considerado o pai do rock independente.
Lou Reed non só compuxo: a súa arte iba máis aló, especialmente despois de coñecer a artistas coma Andy Warhol, destacando a súa faceta de fotógrafo.
Este é o noso humilde homaxe.



Los tres entierros de Lou Reed
Pasó la vida coqueteando con la muerte. Hay que tener valor para eso. Y no me refiero al valor de los temerarios, de los aventureros. Lou Reed se movía en ese lado salvaje donde los viajes interiores y la percepción lúcida de la vida de cada día está llena de peligros que acechan nuestra mente, nuestra integridad, nuestra cordura… y nuestra existencia.

Siendo un jovenzuelo ya dio muestras precoces de su inconformidad con el orden establecido, con los cuentos que se utilizan para adormecernos: "No me gustaba el colegio, no me gustaban los grupos de gente, no me gustaba la autoridad. Estaba hecho para el rock and roll". Sus padres tomaron nota y le sometieron a una lobotomía preventiva.
Afortunadamente, a Lou le sobraba cerebro para dar la nota. 

En su trayectoria musical, con Velvet Underground o en solitario, siempre asumió riesgos. Forzó al rock a convertirse en una música adulta, sin ñoñerías, pero sin perder un ápice de fiereza ni de efervescencia. Durante cinco décadas de rock de vanguardia, de rock experimental o de art-rock, se tomo su trabajo en serio como una forma de arte con integridad e intensidad.

En los años 60, cuando encarnaba la banda sonora de la revolución cultural del Nueva York de Andy Warhol, Lou era el zombie temible, el yonki terminal que estaba esperando a su hombre cargado de heroína. Ese era el imaginario de sus canciones de bandera. Muchos lo dieron por muerto en aquella época. No fue así.

En sus muchas resurrecciones, Lou Reed siguió experimentando con esos mundos oscuros que son, sencillamente, el mundo real visto sin las gafas de colores de los medios de alucinación masiva. "Berlin" fue una ópera del sufrimiento humano no apta para todos los públicos. "Sabía que no escribía para la mayoría. Escribía sobre el dolor y las cosas que herían". Años después el escenario de sus reflexiones fue su ciudad natal, Nueva York. Canciones como "Dirty Blvd." ponían el dedo en la llaga y tomaban partido. "Manosear los servicios sociales, la comida de los niños y atacar a los más vulnerables, es inhumano. En Nueva York lo ves enseguida, solo debes andar por la calle", declaró en su momento.

En 2001 volvieron a darlo por muerto. Decían que lo habían encontrado cadáver en su apartamento tras haber ingerido una dosis letal de demerol. El desmentido de Lou fue seco: "Insisto en que estoy vivo". Desgraciadamente no podrá volver a dar esos cortes a la prensa, una costumbre que tenía acreditada. Razones no le faltaban: debe ser muy cansino escuchar una y otra vez los mismos clichés. Ya que no podemos aliviarnos con el último desmentido de su muerte, al menos podemos leer su manera de entender la vida:

No es momento de celebraciones
No es momento de banderas al viento
No es momento de búsquedas interiores
Porque el futuro está ahí delante
No es momento de finas retóricas
No es momento de discursos políticos
Es el momento de la acción
Porque el futuro está a la vuelta de la esquina
 Este es el momento
Porque ya no queda tiempo
("There is no time")

Necrolóxica de Ricardo Aguilera (Radio 3) publicada en www.rtve.es

12/04/13

Escribir es vivir - Páx. 99

SAMPEDRO, José Luis. Escribir es vivir. Barcelona: Ed. Areté, 2005. ISBN 84-0-134186-8.


Esta semana, en homenaxe ó recentemente falecido José Luis Sampedro, escollemos uns fragmentos do seu libro en lugares da páxina 99 que habitualmente publicamos os venres.


Solapa: 
En el marco de una serie de cursos magistrales impartidos por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en julio de 2003, José Luis Sampedro expuso, bajo el título Escribir es vivir, su personalísima visión sobre la creación literaria. Una mirada cálida y única sobre el complejo proceso que empuja a la carne y a los sentidos a plasmar sus impresiones en un papel, y sobre los mecanismos únicos e intransferibles que operan en esta acción.


Extractos do libro
EL ESCRITOR:
«Pensemos en una forma sencilla de definir a un escritor. Podemos recurrir a varios ejemplos. Yo me inclino por aquellos que desmitifican al escritor, que lo bajan de su peana, le despojan de su aureola mágica y lo muestran como un trabajador cualquiera. El ejemplo más directo, sencillo y, a la vez, muy ilustrativo del oficio es la comparación del escritor con una vaca. […]
Veamos, ¿qué hace la vaca? Ustedes imaginen la vaca en un prado, tan tranquila, detrás de una cerca mirando a la carretera. Por la carretera pasan infinitas cosas.Pasan los labradores que van a labrar los campos, pasan los turistas, pasa la guardia civil, pasa el coche de línea. Y la vaca lo mira todo. […] Y ¿qué hace la vaca viendo todo aquello? Se lo zampa, lo observa todo. El escritor también. El escritor es un "voyeur", confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huele todo —no digo que lo toca porque eso ya sería pasarme—, pero el escritor, verdaderamente, es un cotilla. Volvamos a la vaca. ¿Qué pasa con ella al cabo de un rato? La vaca agacha la cabeza, arranca con sus dientes unas briznas de hierba, las mastica y se las traga. ¡Ah!, pero como ustedes saben muy bien, la vaca es un rumiante. Y, además, tiene cuatro estómagos, quién los pillara, ¿verdad?, para disfrutar más de la comida. La vaca se saca de uno de sus cuatro estómagos lo que ha tragado, lo vuelve a la boca y lo mastica de nuevo. El escritor actúa también como un rumiante: a todo lo que ha visto, todo lo que ha tocado y oído le da vueltas y más vueltas.[…] Y para que vean que mi metáfora es acertada, ¿qué pasa al final del día con la vaca? Llega el dueño, se la lleva al establo, la ordeña y al día siguiente vende la leche y se queda con los cuartos. Eso sí, deja a la vaca el diez por ciento para que siga escribiendo».

LA OBRA:
«¿Para qué se escribe? Hombre, hay quien escribe para ser famoso, para salir en la tele; hay quien escribe para ligar, para ganar dinero, pero no es de ese tipo de motivaciones de las que vamos a hablar, entre otras razones porque para ganar dinero o ser famoso hay medios más rentables. Hablemos de arte, de literatura, de necesidad vital. Yo escribo por una razón, yo diría, genética. […] Mi obra será buena, mala o regular, acertada o desatinada, pero la he escrito porque no podía evitarlo. […] Para mí, escribir no es un trabajo; es una necesidad vital. Escribir es un esfuerzo, un esfuerzo tremendo. Escribir "Octubre, octubre", novela de la que les hablaré llegado el momento, me costó diecinueve años. Escribí cuatro versiones diferentes. Y cuando terminé la cuarta, que es la publicada, puse todos los folios uno encima de otro y esa pila de folios, mecanografiados por mí y que todavía conservo, esa pila medía un metro y veintiséis centímetros. De modo que ya ven ustedes si es un esfuerzo. Pero no es un trabajo.[…]
Yo he trabajado en un banco muchos años y de allí, gracias a mi talento, persistencia y perseverancia, gracias a mi espíritu de trabajo, a mi iniciativa, en fin, a todas las dotes que me adornan, salí del banco treinta años después sin saber una palabra de operaciones bancarias. Eso tiene su mérito, ¿eh? Hace falta mucho talento para estar allí, en medio de todo eso, y no enterarse de nada […]. El banco era para mí trabajo y dentro de él mucho más trabajo que la redacción de discursos o la edición de boletines. Me veía obligado a ganar dinero para comer. Con la literatura no ganaba un duro, pero me esforzaba en ello porque era y es mi propia vida. Sin ella no podría vivir. No concibo un día sin pensar en ideas literarias, sin tomar notas, sin llevar mi cuadernito, apuntar algo, discutirlo un poco… no, no me lo imagino».

VIAJE A LA LIBERTAD:
«En esos doce años [1981-1990] me ocurrieron algunas cosas importantes.
En el terreno personal, sin duda lo más relevante fue el nacimiento de mi nieto en el ochenta, que, a su vez y sin propósito previo, se convirtió en acontecimiento literario. La novela inspirada por esta criaturita, basada en los sentimientos y pensamientos del abuelo que redescubre el mundo con y por su nieto, ha resultado ser la más popular, la más vendida, la más conocida y traducida. "La sonrisa etrusca" me ha proporcionado muchas satisfacciones, la mayor de ellas, saber que es una de las preferidas y elegidas por muchos talleres de lectura para la iniciación de adultos en el fascinante mundo de los libros. Recibir cartas de señoras de sesenta años y más, emocionadas con el primer libro en sus vidas, o recibir testimonios de madres que tras varios esfuerzos frustrados, finalmente, gracias a "La sonrisa etrusca" han conseguido que sus hijos lean, es sin duda la mejor recompensa a todos los sacrificios y renuncias que una actividad tan tirana como la creación (literaria en este caso) impone.
Precisamente por ser tan popular, porque su estructura no reviste complejidad, porque he hablado tanto sobre ella en tantos foros y entevistas y, finalmente, porque ya nos hemos puesto de acuerdo en que les interesa más aquello que tienen menos a su alcance, no me extenderé. Simplemente decirles que no la habría escrito si no hubiera nacido mi nieto Miguel y que, a diferencia de la mayoría de mis novelas […], "La sonrisa etrusca" fue escrita de un tirón, como respuesta afectiva […] al nacimiento de mi nieto. […] Por eso suelo decir que "La sonrisa etrusca" no la escribí yo, la escribió mi nieto que, a sus dos añitos, me la iba dictando al oído».

CREDO PERSONAL
Creo en la Vida, Madre Omnipotente,
creadora de los cielos y la Tierra.
Creo en el Hombre, su hijo adelantado,
concebido en creciente evolución,
progresando a pesar de los Pilatos
que inventaron sus dogmas reaccionarios
para aplastar la Vida y sepultarla.
Pero la Vida siempre resucita
y el Hombre sigue en marcha hacia el futuro.
Creo en los horizontes del Espíritu
y en la energía cósmica del mundo,
creo en la Humanidad siempre adelante.
Creo en la Vida perdurable.
                         Amén.

Adeus a José Luis Sampedro


A biblioteca do CPI da Ribeira quere sumarse á homenaxe das bibliotecas escolares galegas a José Luis Sampedro, falecido o pasado día 8, un home ó que limos e escoitamos sempre con auténtico pracer e do que botaremos en falta esa voz que, ata o último momento, foi tan lúcida

Sampedro foi escritor e economista, pero foi ademais unha persoa sabia, humilde, cercana e comprometida co seu mundo, como queda claro nos seus escritos (por exemplo, o prólogo de Indignaos, e tantas das súas obras).

Déixanos dúas ducias de libros (dende a cautivadora e archifamosa La sonrisa etrusca ata a súa última, La inflación) e infinidade de artigos, conversacións e discursos, como este defendendo a gratuidade das bibliotecas.

Non deixedes de ler algo seu cando poidades, porque a ben seguro vos cautivará. Polo pronto, hoxe mesmo podedes ler algúns extractos do seu libro Escribir es vivir no noso blog.

Entrevista a J. L. Sampedro no programa Salvados en xaneiro de 2012, falando da crise e de cartos:




Nota publicada polas bibliotecas escolares galegas: 
 


Esta semana atopámonos cunha triste nova: José Luis Sampedro finou o pasado domingo. Unha figura querida e respectuosa, crítica e comprometida, que deixa un importante legado. Discreto ata no xeito de despedirse.
José Luis Sampedro: 
"...La crisis pasará, por supuesto, lo hará a costa del sufrimiento de todos nosotros, porque, con la mitad del dinero que se pretende inyectar para que un banco esté lleno, se podría evitar el recorte en la educación y la sanidad". 
"Hay dos clases de economistas; los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que queremos hacer menos pobres a los pobres".
"Los recortes se aceptan por una de las fuerzas más importantes de la humanidad, el miedo" 
"El tiempo no es oro; el oro no vale nada. El tiempo es vida"
"Qué importa mi boca cerrada, ¡cuando piensas con el alma te oyen!" 
"Hay una cosa que me preocupa: hasta qué punto se están destruyendo valores básicos. No hablo ya de derechos humanos, sino de la justicia, la dignidad, la libertad, que son constitutivas de la civilización".



Visita a súa páxina oficial

08/06/12

Fahrenheit 451 - Pág. 99

BRADBURY, Ray. Fahrenheit 451. Barcelona: Minotauro, 2009. ISBN 84-507-1168-1.

 "—Anoche te portaste de un modo muy extraño.
Mildred regresó canturreando.
—¿Dónde está la aspirina?
—¡Oh! —La mujer volvió al cuarto de baño—. ¿Ocurrió algo?
—Sólo un incendio.
—Yo pasé una velada agradable —dijo ella, desde el cuarto de baño.
—¿Haciendo qué?
—En la sala de estar.
—¿Qué había?
—Programas.
—¿Qué programas?
—Algunos de los mejores.
—¿Con quién?
—Oh, ya sabes, con todo el grupo.
—Sí, el grupo, el grupo, el grupo.
Él se oprimió el dolor que sentía en los ojos y, de repente, el olor a petróleo le hizo vomitar.
Mildred regresó, canturreando. Quedó sorprendida.
—¿Por qué has hecho esto?
Montag miró, abatido el suelo.
—Quemamos a una vieja con sus libros.
—Es una suerte que la alfombra sea lavable. —Cogió una escoba de fregar y limpió la alfombra—. Anoche fui a casa de Helen.
—¿No podías ver las funciones en tu propia sala de estar?
—Desde luego, pero es agradable hacer visitas.
Mildred volvió a la sala. Él la oyó cantar.
—¡Mildred! —llamó.
Ella regresó, cantando, haciendo chasquear suavemente los dedos.
—¿No me preguntas nada sobre lo de anoche? —dijo.
—¿Sobre qué?
—Quemamos un millar de libros. Quemamos a una mujer.
—¿Y qué?
La sala de estar estallaba de sonidos.
—Quemamos ejemplares de Dante, de Swift y de Marco Aurelio.
—¿No era éste un europeo?
—Algo por el estilo.
—¿No era radical?
—Nunca llegué a leerlo.
—Era un radical. —Mildred jugueteó con el teléfono—. ¿No esperarás que llame al capitán Beatty, verdad?
      —¡Tienes que hacerlo!
—¡No grites!
—No gritaba. —Montag se había incorporado en la cama, repentinamente enfurecido, congestionado, sudoroso. La sala de estar retumbaba en la atmósfera caliente—. No puedo decirle que estoy enfermo.
—¿Por qué?
«Porque tienes miedo», pensó él. Un niño que se finge enfermo, temeroso de llamar porque, después de una breve discusión, la conversación tomaría este giro «Sí, capitán, ya me siento mejor. Estaré ahí esta noche a las diez.»
—No estás enfermo —insistió Mildred.
Montag se dejó caer en la cama. Metió la mano bajo la almohada. El libro oculto seguía allí.
—Mildred, ¿qué te parecería si, quizá, dejase mi trabajo por algún tiempo?
—¿Quieres dejarlo todo? Después de todos esos años de trabajar, porque, una noche, una mujer, y sus libros…
—¡Hubieses tenido que verla, Millie!
—Ella no es nada para mí. No hubiese debido tener libros. Ha sido culpa de ella, hubiese tenido que pensarlo antes. La odio. Te ha sacado de tus casillas y antes de que te des cuenta, estaremos en la calle, sin casa, sin empleo, sin nada.
—Tú no estabas allí, tú no la viste —insistió él—. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada."

Primeiras páxinas do cómic e prólogo do autor.